GAUCHO

La segunda corriente pobladora española  llegada a Santa María de los Buenos Ayres  en 1580 con Juan de Garay, se encontró con un territorio completamente despoblado que sólo era recorrido por indios tan fieros de ánimo como de cuerpo. En busca de mejores condiciones de suelo y clima, los inmigrantes fueron ocupando de a poco  las planicies y llanuras.

El español que originó al gaucho era en su mayoría andaluz y trajo en su origen étnico un importante aporte Moro.

El gaucho fue el hijo de la Pampa, aquel desierto verde bajo un cielo siempre límpido; la desolación del paisaje se entrecortaba con  los grupos multicolores de cimarrones y vacadas silvestres, que le valieron para alimentarse, vestirse y moverse.

El gaucho era fuerte, cetrino de piel, tostado por la intemperie, mediano y  poco erguido de estatura. Tenía un rostro recio, sarmentoso de músculos. Agudo en la mirada y con un temperamento fuerte, producto de la alimentación carnívora y el género de vida. Usaba como única arma el facón, al costado, sujeto de un cinto de cuero. Dejaba caer el cabello en ondas, casi hasta los hombros, presumido y donjuanesco, ostentaba con orgullo las “pilchas” de su cabalgadura y las galas de su indumentaria.

Vestía el gaucho poncho de vicuña, chiripá de paño negro y calzoncillo de hilo desflecado; calzaba bota de potro, con pesadas espuelas.Trovador de abolengo, se había  traído de Andalucía la guitarra, confidente de sus amores y estímulo de sus donaires. Vivía en la admirable sencillez de los hombres primitivos, era sobrio, hospitalario, muy respetuoso y siempre se lo veía a caballo. Su estirpe guerrera, la fuerza y destreza necesarias para explotar la ganadería y la soledad de las llanuras donde moraba libremente, sin sujeción a autoridad alguna, le templó el cuerpo y el alma.

Falto de escuelas su filosofía era simple ciencia de  vida, formulada en abundantes sentencias y refranes. Para comer bastaba con faenar un animal; lo demás lo brindaba la naturaleza: no les hacía falta nada más. Su vida era nómade y dependía de la localización de las aguadas y las migraciones del ganado libre, ya que el gaucho desconocía la propiedad privada de las cosas, la pampa era de todos y para todos.

Por un intenso amor al nativo suelo y a pesar de tener una confusa idea de la patria, nunca desoyó el gaucho su llamado. Ayudó a rechazar en 1806 las invasiones inglesas a las órdenes de Liniers. Siguió a Belgrano, a San Martin y a todos los generales de la Independencia. Además cumplió un papel fundamental en las guerras civiles entre unitarios y federales.

Pero ni bien se declaró la independencia en 1810,  se implantó el comercio libre, enriqueciéndose el sector ganadero y asesinando la industria nacional. La situación económica y social  del país dio un vuelco rotundo que empezó a cambiar el destino del gaucho. El otorgamiento gratuito de las tierras públicas a los grandes ganaderos multiplicaron las estancias destinadas a la explotación ganadera.

Las propiedades, divididas y subdivididas, se deslindaban con cercos de alambre, impidiendo así, al gaucho correr a campo traviesa como acostumbraba. Las vacas ya no eran de escaso valor, sino rica y frágil mercadería. A pesar de todo, el gaucho se conservó siempre verídico y nunca fue por idiosincrasia ladrón. El cuatrerismo, hijo más de la necesidad que de la codicia, no contradecía su honradez, pues el ganado, cuando silvestre, era como “cosa de nadie cuando doméstico”, artículo tan abundante y de reducido valor que se brindaba al peregrino.

Se agrava su situación a raíz de una ley expedida en 1815, que dispuso: que quien no tuviera propiedad legítima sería considerado sirviente, y todo sirviente que no llevara consigo la papeleta de conchabo de su patrón, que era válida sólo por tres meses, era declarado vago. La persecución que originó esta ley, cambió para siempre la historia del gaucho. Los puebleros tomaban posesión de las estancias, expulsando a los ocupantes si carecían de títulos de dominio.

Los gauchos dueños de una conducta que no conciben sin libertad, prefirieron luchar junto a los caudillos federales, en quienes hallaron protección ante tales cambios. Los menos han trabajando como peones cumpliendo tareas rurales. Por la falta de mano de obra se hizo necesario atraer al inmigrante (al que llamó gringo), que afluyó a las pampas, como a una nueva “tierra de promisión”.

Mayoritariamente español, era  más dócil, adaptable, disciplinado y fue desalojando al gaucho de las labores rurales. Ese mismo extranjero, encariñado con su tierra de adopción, requería a las morochas del pago, para los honestos fines del matrimonio. De esta suerte se ha venido propagando el tipo vario y complejo de una nueva generación de gauchos europeizados o de europeos agauchados, que, de por cierto, es el argentino de hoy día.

Con el nombramiento de Juan Manuel de Rosas como Gobernador de Buenos Aires (1829) se sucedieron una cantidad de guerras civiles entre unitarios y federales, en las que la presencia del gaucho ha jugado un papel fundamental. Esta división termina en 1861: Bartolomé Mitre vence a Urquiza en Pavón y unifica el país bajo la tutela porteña. Con la organización nacional del país establecida, parecía que el gaucho estaba demás en la tierra.

El ilustre Domingo Faustino Sarmiento veía en la montonera campesina no más que el símbolo de la barbarie, el atraso y la ignorancia: el poncho y el chiripá contra la levita; la lanza y el cuchillo contra la tropa de línea, el analfabetismo contra la escuela y en 1861 Sarmiento escribía al presidente Mitre: “No trate de economizar sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país”.

Al año siguiente Mitre llevó adelante una guerra de exterminio contra las provincias y sus caudillos. Sarmiento fue designado director de guerra y las tropas marcharon hacia el norte a matar indios y gauchos, cumpliendo así con sus ideales de “civilizar siguiendo el modelo europeo”.

 Sólo por una falsa generalización ha podido suponerse que fueran condiciones intrínsecas del gaucho el odio a las autoridades sociales y el desprecio de la ley. Los años de la época del coloniaje, de las guerras de la Independencia y de las contiendas de la organización nacional los presentan siempre fieles a su patria y al gobierno.

Los gauchos fueron producto de un período crítico en el que se defendió, con su derecho consuetudinario (usos y costumbres), nada menos que su existencia social, su vida. Fue vencido; su derrota estaba escrita en los libros de  historia: La lucha entre dos sistemas de derecho es, por su oculta esencia, lucha entre dos razas. La victoria implica la absorción y asimilación del vencido, la derrota la extinción de una cultura.

Fuente: Academia de Filosofía y Letras, Buenos Aires

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